La cena de los notables

El marketing como poética

despues de rita

Hoy día están de moda las reseñas. Amables. Superficiales. Sinópticas. Hasta yo he escrito alguna. Publicidad. Hablar bien de un libro para que se venda. Aunque la triste realidad es que siempre se venden los mismos (autores). Ahí arriba, en la sala de mandos del mundillo editorial, los marionetistas deciden qué libros vais a comprar. Y vosotros los compráis. Cuatro críticos comprados os dicen que los compréis y vosotros los compráis. Y por eso el Después de Rita de Mariano Veloy no es un superventas. Porque no forma parte del programa. Porque es un título publicado por una pequeña editorial. Porque a efectos prácticos casi no existe.

Constantino Bértolo nos lo explica con otras palabras:

«Hoy el mercado no es lugar de encuentro de oferta y demanda, sino el medio de producción tanto de la oferta como de la demanda. Hoy no se produce para el mercado sino en el mercado. Hablamos de un mercado que funciona a nivel global, como núcleo fuerte del sistema de comunicación social y que, en lo que afecta al campo literario, se ha impuesto como mecanismo determinante no sólo de la distribución y circulación de las mercancías literarias sino también de la propia producción de lo literario.

»Hasta tiempos recientes, ocupaba sin competencia el espacio de la literatura industrial o comercial pero competía con otras instancias, el sistema educativo, la crítica, la propia institución literaria, a la hora de crear y modelar las necesidades de lectura. Hoy, cuando las fronteras entre la literatura industrial y la literatura de vocación humanista se están borrando, ya apenas encuentra competencia a la hora de modelar las necesidades de lectura, y los valores del marketing son interiorizados por escritores, críticos, lectores y editores. El marketing como poética.

»Mientras la literatura mantuvo su relativa autonomía dentro del sistema económico, el mercado, como modo de regulación del intercambio social formaba parte de su entorno, y, por tanto, aunque reaccionara a sus estímulos, no estaba determinada por él. Mercado y literatura son instancias que conviven con mayores o menores tensiones desde tiempos muy lejanos. Lo novedoso es que la autonomía de la mercancía literaria se está diluyendo de manera acelerada y la literatura se integra sin demasiados problemas en las industrias del ocio y el entretenimiento.

»Y, evidentemente, esta tendencia del sistema literario a desvanecerse en el interior del sistema mercado acabará suponiendo, si no supone ya, un desplazamiento del lugar de la crítica hacia posiciones cercanas a las que ocupa la publicidad. Un camino que se publicita como imparable».

Después de Rita está disponible aquí ↓

http://www.editorialpezdeplata.com/despuesderita.html

LA SOBERBIA DE ESCRIBIR

equipo-profesional

Constantino dispara un torpedo a la línea de flotación cuando dice que «Escribir es un acto de desigualdad. En ese sentido, la escritura retoma y continúa la herencia de la literatura oral. El que habla exige silencio. El que escribe pide atención. Nos obliga al silencio. La escritura es un acto de desigualdad y, por tanto, un acto de violencia, un acto de invasión, nacido de la voluntad de dominio: un acto de poder que se manifiesta con sus pertinentes revestimientos rituales y simbólicos. El que habla quiere que nos callemos. Un acto de soberbia. La soberbia de escribir».

En efecto, el escritor le está diciendo al lector: «Mira lo que he hecho; mira lo bueno que soy; mira, lee y babea». Cuando lo pienso, me achico; me encojo; me avergüenzo. No quiero ser así. No quiero que nadie se calle. No quiero ostentar poder alguno. Lo que quiero es escribir en silencio y que el supuesto lector se apropie del texto: que se olvide de mí: que lo haga suyo: y hablo de una expropiación legítima, pues sin ese supuesto lector no hay escritor. Quiero, en definitiva, estar a la misma altura que mi lector múltiple.

Y tú, autor/a, ¿qué quieres?

ALTAS INSTANCIAS

icono libro

Cuando leo las palabras de Constantino:

«He pretendido abordar la crítica como una actitud y como una posición. La actitud de quien se pregunta por las razones y causas de sus gustos, de sus prejuicios y de su ideología. La posición de combate de quien no está conforme con la narración dominante en la vida social ni con las narraciones dominantes en los medios culturales, ni, menos aún, con la presunción de que lo literario sea un aval estético que funcione como distinguida patente de corso. Un aval que no admite más interlocución que la proveniente de aquellas instancias que se definen tautológicamente por ser dueñas de ese concepto, la literatura, donde se presume su legitimación»,

visualizo la sonrisa paternalista de esas instancias que se creen dueñas de la Literatura (ahora con mayúscula inicial).

La arrogante sonrisa de quien se sabe a salvo digan lo que digan sin importar quién lo diga. Porque sus clientes no leen estas cosas. Ni falta que les hace. Realmente, estas cosas solo las leen los que ya las saben.

Y, mientras lo piensan, la sonrisa se ensancha: de oreja a oreja: a ver si en un descuido se las comen…

Este párrafo me hace pensar en el absolutismo de un dictador acéfalo que, naturalmente, ha adquirido un poder que él considera absoluto. Digo «acéfalo» porque no tiene jefe y, en vez de pensar, embiste; digo «naturalmente» porque es complicado que un ente pensante adquiera cualquier tipo de poder; digo «considera» porque ese poder que ha adquirido está hueco y ―encima― es efímero.

Probablemente nuestro pueblo tiene los dueños que merece y solo escucha el monólogo de sus opresores y poco a poco se va haciendo como ellos, se va contagiando, se va corrompiendo.

Probablemente…

¿A quién escuchas tú?

¿COMPRAS CRECEPELO?

Vendedor

A mí me disgusta bastante sacar texto de contexto. Pero tampoco me parece acertado hablar de esta Cena sin incluir algunos fragmentos. Lo malo es que a lo peor al Autor no le gusta mi selección y menos aún mi reflexión. Pero qué es la vida sin riesgo… Así, pues, si el texto entrecomillado os subyuga, comprad el libro (sin temor).

«En realidad, y al menos en teoría, todas la narraciones tratan de lo mismo: alguien nos cuenta algo y quiere que le escuchemos. Leer sería una operación que conllevaría dos preguntas simultáneas y sólo teóricamente diferenciables: quién es este alguien que nos cuenta y qué nos está contando. […] En la práctica real sucede, sin embargo, que ese encuentro con el narrador no es exactamente una “cita a ciegas”; por decirlo de algún modo: ese narrador viene con carta de presentación, y en ocasiones con informes y referencias: editorial, paratextos, críticas, publicidad. Abrir una narración es abrirle la puerta a un narrador, a alguien que cuenta algo, y al igual que sucede en una conversación real, el que escucha, el lector, al mismo tiempo que atiende a la narración, trata de conocer quién es ése que habla y cuáles son sus intenciones. ¿Qué quiere de nosotros? ¿Quiere decirnos algo o tan solo pretende vendernos un crecepelo?»

Comentario (personal): en estos tiempos no es difícil decepcionarse. Crees que has encontrado la sal del mundillo editorial y… O como dijo Aquel: si la sal se desvirtúa, ¿quién la salará?

«Como pacto de responsabilidad, la literatura en su acto de producción da respuesta simultánea tanto a la necesidad de decir algo como al requerimiento de ser escuchado. Pero ese pacto exige a su vez una situación de igualdad, de comunidad, que está muy lejos de poder producirse en el cuadro de las relaciones sociales existentes en unas sociedades dislocadas por la lucha de clases, la división del trabajo y un individualismo ideológico y económico que no contempla otra idea de bien común que no sea la suma de los intereses privados.»

Comentario (muy personal): el lector ha de estar alerta para que no le engañen.

«Con esta situación comunicacional, los autores descubren que la clave de su capacidad para ser escuchados reside de manera primordial en el prestigio de su marca como autor, lo que les obliga a someter su entidad pública a las reglas de lo mediático: aparición frecuente en medios de comunicación, autopublicidad, creación de una imagen como escritor, etcétera, y a incorporar a su obra, como elemento relevante de su poética, las lecciones del marketing comercial: facilidad sintáctica, tratamiento de conflictos con contrastado nivel de audiencia, acentuación del suspense y el misterio, utilización de una ironía gratificadora…»

Comentario (personalísimo): venderse para ser.

«Nos movemos en una situación que encuentra sus premisas en un terror de baja intensidad pero de larga onda expansiva, que condena al ostracismo y amenaza con un constante estado de desaparición a quien no participe, legislando que quien no participa no difiere, simplemente no existe.»

 

Imagen extraída de:

http://www.javierregueira.com/reflexiones-irreverentes-sobre-marcas-y-consumidores/2013/08/por-qu%C3%A9-marketing-crear-vender.html

 

EL LECTOR INOCENTE

Nos dice Constantino Bértolo: «Leer un texto no es una tarea simple, requiere competencia. Requiere atención, memoria, concentración, capacidad de relación y asociación, visión espacial, cierto dominio léxico y sintáctico de la lengua, conocimiento de los códigos narrativos, paciencia, imaginación, pensamiento lógico, capacidad para formular hipótesis y construir expectativas, tiempo y trabajo. Un texto es un constructo que hay que desconstruir y reconstruir, y eso exige esfuerzo, aunque ello no signifique que esté exento de placer».

Y, sin embargo, muchos lectores no reúnen las condiciones requeridas: «El texto es uno. Las lecturas pueden ser muchas. Todos leemos “diferente” porque al iniciar la lectura lo hacemos desde posiciones culturales, intelectuales, ideológicas y existenciales diferentes. […] Es, en definitiva, la calidad de la urdimbre lectora de cada uno la que determinará la calidad de su lectura».

Y tras el obligado introito, hablemos del lector inocente. O mejor aún, leamos lo que el Autor escribió ayer y (yo) transcribo hoy: «La lectura “inocente”, ligada como concepto a la idea de la existencia de un lector normal, ingenuo o medio, aparece como una reivindicación que se quiere democrática o espontánea. En realidad, lo que el término encierra es una reivindicación de aquellas lecturas que asimilan el texto como simple engarce de acciones ―apoyándose en la narración autobiográfica e incluso desactivando en ésta aquellos aspectos que por su conflictividad pudieran dar lugar a cuestionar el sentido de la lectura―, y desactivan los aspectos literarios o de representación del mundo en él existentes. Es el tipo de lectura que se explicita en frases como “Leo para olvidarme de todo”, “Prefiero libros que no me hagan pensar mucho”, o “Quiero algo ligerito para leer en la playa”, y que directamente se relacionan con enunciados como “La leí de un tirón”, “Te atrapa desde el principio”, “Una lectura apasionante” o el tan socorrido “enganche”.

»Una lectura semejante presupone una urdimbre lectora plana, el grado cero de la lectura, que delata no tanto una atrofia de los aspectos antes señalados como una conformidad pasiva con la conciencia dominante y una acomodación a la literatura entendida como lenguaje aséptico y neutro, mero vehículo de transmisión de historias entretenidas. Ni que decir tiene que tal adecuación responde a una visión de la realidad en la que el individuo es contemplado como una unidad autosuficiente, ajena a cualquier tipo de influencia o interferencia proveniente de un “exterior” que se vive como amenaza contaminante».

Respiremos. Bufemos (incluso). Asimilemos. No pensaba transcribir tanto texto, pero (yo) soy incapaz de explicarlo mejor. Así, pues, prosigamos:

«Detrás de la expresión “lectura inocente” se esconden dos reproches más autodefensivos que ofensivos: por una parte, “el lector inocente” intenta despegarse de lo que él llama el lector con prejuicios: “Ay, hijo, tú es que te fijas en unas cosas”, “Pero bueno, eso tampoco es tan importante”, “Tú es que todo lo ves desde el mismo lado”, “A todo le pones pegas”, “Pero ¿a ti te gusta alguna novela?”; y por otra, frente al lector “profesional”, denuncia su mirada “técnica”: “Yo no leo fijándome, ni falta que me hace, si es un narrador en primera o un narrador invisible o un narrador apoyado. Yo leo lo que leo y punto”.

»Sobre estos “discursos de la inocencia” es conveniente hacer algunos comentarios. De la inocencia como actitud de no exigencia baste decir que en realidad esconde una exigencia muy fuerte: la de no ser molestado o cuestionado, actitud que, por mucho que se disfrace de simpatía positiva, oculta resignación, conformismo y, sin duda, autocomplacencia. La inocencia como ausencia de prejuicios denota la aceptación de los prejuicios propios como “normalidad”, normalidad que tiene su origen en la identificación de los “prejuicios hegemónicos”, aceptados como lo natural».

Mi idea era terminar con la autocomplacencia. Este último párrafo no lo iba a transcribir, pero no podía dejar fuera los «prejuicios hegemónicos». Bien, hay aquí arriba mucho contenido. Despidámonos, pues, con las dos últimas frases del capítulo:

«No deja de ser llamativa la inocencia que a veces se reclama para la lectura, y que acaso oculta algún tipo de culpa. Como Pilatos, el lector inocente se lava las manos».

 

 

Imagen extraída de:

http://www.juntadeandalucia.es/averroes/centros-tic/14007374/helvia/sitio/index.cgi?wid_seccion=5&wid_item=78

 

Primer Comensal

La Cena de los Notables cuenta por fin con un comensal: el Crítico Enmascarado. Sus observaciones tienen miga. Evitarás ser sentencioso, prescindirás de los decálogos (y no le falta razón [ya lo pensé mientras lo confeccionaba]), pero como es un decálogo para despistados, para lectores y/o escritores que no encuentran el camino…

«No tengo por qué difundir mi descontento, porque es más fácil escribir acerca de lo malo, lo decepcionante y lo mediocre que resulta todo que extraer de toda esa costra superficial lo que de veras me motiva a pelear por lo que quiero».

Esta frase… Reflexionemos. ¿Qué puede motivarnos? (Yo) pienso en un mundillo literario enfermo y me digo que algo he de hacer. Ya sé que mi aportación es insignificante. Y tal vez equivocada. Pero actúo conforme a mi criterio. Para mí, la literatura ha de ser honesta y arrancar sentimientos, y esta literatura es la que me motiva, por ella escribo y de ella me nutro.

Sí, lo que quiero es espabilar al lector inocente.

Y de él hablaremos en setiembre (como ya anuncié.)

CONTRAARTÍCULO

El decálogo del artículo anterior, «La organización del descontento», ha recibido un comentario que (creo) merece convertirse en contraartículo: porque ―como reza en la presentación (a la derecha)― este es un blog comunal. Cierto que el administrador disfruta de ciertos poderes: pero procura no excederse (en ningún caso). Pues bien, aquí viene el contraartículo y la obligada respuesta (de un servidor).

Contraartículo (de perla ):

Con estas dos ya no será un decálogo, pero:

XI Evitarás ser sentencioso.

XII Prescindirás de los decálogos.

No estoy de acuerdo con I, II, III, VI, VII, IX y X.
I. Es una sandez. ¿Por qué? ¿Más vendido siempre significa ‘malo’? Los best-sellers no son demonizables.
II. ¿Qué quiere decir editoriales popularistas? Yo me imagino la connotación de la expresión, pero aún así quisiera comprobar tu definición. Popularista es relativo al popularismo, y popularismo es el gusto por lo popular en formas de vida, arte, literatura (véase RAE). ¿Qué tiene esto de malo? Hasta el Marqués de Santillana tuvo gusto por lo popular, no todo fue sonetos a la italiana manera.
III. Leeré como me dé la gana. Tal vez mi cerebro alcanza tantas revoluciones como un cohete y no necesito masticar 32 veces el mismo renglón para asimilar su significado.
VI. No tengo por qué difundir mi descontento, porque es más fácil escribir acerca de lo malo, lo decepcionante y lo mediocre que resulta todo que extraer de toda esa costra superficial lo que de veras me motiva a pelear por lo que quiero.
VII. Tengo buenas virtudes. Creo. Pero tampoco soy puro intelecto o espíritu sublimado sin sustancia terrenal. Si soy un poco puto y también lo disfruto, no estará tan feo, ¿no? Hasta Jenofonte fue un mercenario antes que abeja del Ática.
IX. ¿Imparcialidad? Pero, ¿de veras existe eso? En la categoría de los imparciales solo entran cosas como los difuntos, las piedras o los bocadillos de mortadela.
X. ¿? Si me hago millonario vendiendo copias de mis libros, no le haré ascos a comprarme un envidiable velero. Eso sí, prometo intentar la escritura de las más sublimes y altamente literarias obras literarias que sea capaz a bordo de él, bajo la noche constelada.

Recibe un saludo, PlSalvador. Pese a lo que pueda parecer mi comentario, me gusta leer tus textos.

Respuesta (obligada):

I. Más vendido no siempre significa malo: pero ―generalmente― hay que promocionar mucho para vender mucho (y los  supuestos descontentos están en contra de las superpromociones).

II. Cuando hablo de editoriales popularistas me refiero a las que buscan, ante todo, ganar dinero mediante un producto que nace popular o que ellos hacen popular.

III. Desde luego, no cabe duda de que tú sí puedes leer como te dé la gana: otros, sin embargo, deberían poner más atención.

VI. Vale. Pero el descontento no es hacia lo malo sino hacia los malos.

VII. Todos nos vendemos. Cada día. (Yo) el primero. Pero hay quien vende hasta su alma. Y de eso se trata…

IX. Tienes razón: la imparcialidad no existe: la definiremos, pues, como parcialidad moderada.

X. A los supuestos descontentos no nos disgustan los millonarios que no lo sean demasiado.

Te devuelvo el saludo, perla: pese a lo que pueda parecer mi comentario, me gusta leer tus textos.

 

 

Imagen extraída de:

http://elrincondelibrosusados.blogspot.com.es/2013/02/seguimos-con-algunas-manias-de.html

LA ORGANIZACIÓN DEL DESCONTENTO

mesa-redonda

El pan sigue estando malo… E intentan convencernos de que ya no hay nadie al otro lado de los postigos cerrados. Si así fuera, «la mera discrepancia interna no pasaría de ser una desarmonía poco grave que sólo al ser asumida más allá de los postigos ―ese lugar donde ya no es necesario guardar la compostura― cobra significado y fuerza».

«Vivimos tiempos postmodernos. Ahora el sistema parece haberse modernizado y las mesas se han hecho redondas para que ya no esté tan claro cuáles sean los extremos y cuál la cabecera.» Se trata de «ganar puestos más cercanos a esa cabecera que no parece existir pero que todo el mundo reconoce y acata».

«Y si para ello hay que contar historietas, pues se cuentan; […] y si uno quiere garantizarse el ser escuchado, nada mejor que introducir un poquito de suspense en la historieta y un poquito o un mucho de morbo y un poquito de metaliteratura o de psicoanálisis barato para que se vea que dominamos la asignatura, sin faltar algún comentario ideológico más o menos disfrazado de ironía para reírse cómplicemente del “cuando creíamos, qué ingenuos, que había alguien al otro lado de los postigos”.»

Según Constantino Bértolo, no vale reclamar: es más eficaz el sabotaje y más aún organizar el posible descontento, pero «…el único sentido de esa organización del descontento viene dado por lo que haya al otro lado de los postigos cerrados. Si al otro lado nada hubiera, todo sería mercado, es decir, poderes económicos en competencia: la lucha de rentabilidades sustituyendo a la lucha de clases».

Reflexionemos. (Yo) estoy al otro lado de los postigos. Y ya he comenzado mi propia Organización del Descontento. Naturalmente, mi criterio es subjetivo, humilde, siempre embrionario. Procuro, pues, aderezarlo con un buen pellizco de integridad. Mi aportación es modesta, limitada, intrascendente. Me limito a censurar el pan que (yo) considero malo. Sobretodo privadamente. Mientras que mis intervenciones públicas intentan mostrar el pan que (yo) considero bueno.

Sí, ya sé que no es mucho: pero si tú haces lo mismo…

DECÁLOGO DE LOS DESCONTENTOS

I

Prescindirás de los autores más vendidos.

II

Te apartarás de las editoriales popularistas.

III

Leerás pausadamente.

IV

Explorarás las profundidades literarias.

V

Prestarás y divulgarás tus hallazgos.

VI

Difundirás tu descontento.

VII

No te venderás.

VIII

No traficarás con influencias.

IX

Buscarás la imparcialidad.

X

Y pondrás un techo solidario a tu patrimonio personal.

 

 

 

(Si nadie propone otro tema, en septiembre publicaré el próximo artículo: «El lector inocente».)

 

Imagen extraída de:

http://spanish.safe-democracy.org/2009/07/22/las-negociaciones-de-la-mesa-redonda-25-anos-despues/

EL PAN MALO

En el penúltimo capítulo, Constantino Bértolo nos dice que la literatura actual depende de una estructura social inaceptable. Si dividiéramos esta estructura en tres partes (notables, invitados, pueblo), los invitados deberían tener derecho al voto; y el pueblo, a dejar oír su voz. Así ocurre (poco más o menos) en el ejemplo que nos pone, donde los notables organizan «una gran cena pública a la que no está invitado el pueblo llano pero en la que es costumbre dejar los postigos abiertos para que todo el mundo pueda ver y escuchar lo que allí sucede».

Tras la cena, el alcalde (un notable) cuenta una anécdota para que los incondicionales de siempre puedan reírle la gracia. Y entonces, alguien (un invitado) protesta desde la otra punta de la mesa: «¡Todo eso está muy bien! Pero ¿qué pasa con el pan malo?». Y, automáticamente, la voz del pueblo se deja oír a través de los postigos: «¡Eso! ¿Qué pasa con el pan malo, señor alcalde?».

La situación narrada sería la ideal, con un alcalde orador (escritor instituido por el editor), un invitado censor (crítico) y un pueblo expectante (lector). Porque «la escena de la novela de Hardy propone y ejemplifica el espacio propio de la narración crítica: la puesta en entredicho de la legitimación de las narraciones alienantes, al paso que, narrativamente, aclara el lugar de la crítica: cuestionar en público, desde el público y desde lo público, el discurso del poder. Pero, evidentemente, la escena de la novela es difícil de trasladar a nuestros tiempos. En el relato de Hardy está presente el público, el alcalde es oído por toda la comunidad y no existen instancias intermedias entre la voz del autor y la reacción activa de ese público, ya sea esta acción un callar, un aceptar, un reír o un protestar».

Según Constantino, las claves de esa idoneidad social son tres:

*La contraposición de intereses: grandes comerciantes (editores y escritores), pequeños comerciantes (críticos y libreros) y pueblo llano (lectores): cabecera de la mesa, la otra punta de la mesa y el exterior.

*«Información transparente: los postigos abiertos para que todo el mundo se entere».

*Diversidad de proyectos: el alcalde (editor o escritor) negocia con el grano; el pequeño comerciante (crítico o librero), vende el pan o muele el grano; y el pueblo llano (lector), lo come.

Pero hoy día no es posible esta situación, pues:

*No hay proyectos divergentes: los grandes comerciantes (grupos editoriales) son los dueños efectivos de los medios de información y comunicación y, por tanto, no hay intereses divergentes; además, «el mundo, la percepción del mundo, se ha reducido a la percepción de ese comedor de notables».

*Desinformación: los postigos están cerrados porque ―¡supuestamente!― la lucha de clases ya no existe y, por tanto, ya no hay nadie al otro lado de los postigos cerrados.

*Contraposición de intereses más que relativa: como ―¡hipotéticamente!― no hay nadie al otro lado de los postigos, asistimos a una simple cena de notables. «Cierto que unos sentados a la cabecera y otros en “la otra punta de la mesa”, pero comiendo todos de […] los mismos manjares, aun cuando, qué se le va a hacer, en el extremo sean éstos algo más escasos y lleguen más fríos y peor presentados».

Así que tenemos una situación ideal y otra real. En la ideal, unos escriben (instituidos por el correspondiente editor), otros critican y los últimos leen. En la real, los que escriben cuentan con un editor que se erige en crítico con el fin de convencer al lector de las excelencias de sus productos.

Nos dice Constantino: «…pero lo que sí defiendo es la responsabilidad del que escribe […], y lo defiendo porque el pan sigue estando malo y los que están al otro lado de los postigos tienen que seguir tragándoselo (y además la cena me la están sirviendo fría, pues la crítica, en efecto, comparte mesa con los notables pero se sienta en el lugar reservado a los preceptores de la casa)».

Y yo digo: ¡todo eso está muy bien!, pero ¿lo han conseguido?, ¿han acostumbrado al pueblo al pan malo?, ¿han conseguido que les guste?, ¿podría ser que ―¡finalmente!― incluso a ellos les gusta?

En definitiva: ¿han convertido, por la fuerza de la costumbre, ¡a fuerza de tragarlo (y hacerlo tragar)!, el pan malo en bueno?

Y si es así, ¿qué vamos a hacer ahora?

 

 

 

(Si nadie propone otro tema, a mediados de mayo publicaré el próximo artículo: «La organización del descontento».)

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